domingo, 21 de junio de 2020

El samurai que escuchaba gatos


Un samurai, feroz guerrero, pescaba apaciblemente a la orilla de un río. Pescó un pez y se disponía a cocinarlo cuando el gato, oculto bajo una mata, dio un salto y le robó su presa. 
Al darse cuenta, el samurai se enfureció, sacó su sable y de un golpe partió el gato en dos.
Este guerrero era un budista ferviente y el remordimiento de haber matado a un ser vivo no le dejaba luego vivir en paz.
Al entrar en casa, el susurro del viento en los árboles murmuraba miau.
Las personas con la que se cruzaba parecían decirle miau.
La mirada de los niños reflejaba maullidos.
Cuando se acercaba, sus amigos maullaban sin cesar.
De noche no soñaba más que miaus.
De día, cada sonido, pensamiento o acto de su vida se transformaba en miau.
El mismo se había convertido en un maullido.
Su estado no hacía más que empeorar. La obsesión le perseguía, le torturaba sin tregua ni descanso. No pudiendo acabar con los maullidos, fue al templo a pedir consejo a un viejo maestro Zen.
– Por favor, te lo suplico, ayúdame, libérame.
El Maestro le respondió:
– Eres un guerrero, ¿cómo has podido caer tan bajo? Si no puedes vencer por ti mismo los miaus, mereces la muerte. No tienes otra solución que hacerte el haraquiri. Aquí y ahora.
– Y añadió: Sin embargo, soy monje y tengo piedad de ti. Cuando comiences a abrirte el  vientre, te cortaré la cabeza con mi sable para abreviar tus sufrimientos.
El samurái accedió y, a pesar de su miedo a la muerte, se preparó para la ceremonia.
Cuando todo estuvo dispuesto, se sentó sobre sus rodillas, tomó su puñal con ambas manos y lo orientó hacia su vientre.
Detrás de é, de pie, el Maestro blandía su sable.
-Ha llegado el momento, le dijo
-Empieza.
Lentamente, el samurái apoyó la punta del puñal sobre su abdomen.
Entonces el Maestro le preguntó
-¿Oyes ahora los maullidos?
-Oh, no. ¡Ahora no!
-Entonces, si han desaparecido, no es necesario que mueras.


En realidad, todos somos muy parecidos a ese samurai. Ansiosos y atormentados, miedosos y quejicas, la menor cosa nos espanta. Los problemas que nos preocupan no tienen la importancia que les otorgamos. Son parecidos al miau de la historia.
Ante la muerte, ¿qué cosa hay que importe?



jueves, 18 de junio de 2020

Los hombres de la antigüedad conocían

Los hombres de la antigüedad conocían el Tao y conformaban sus vidas a la armonía del Yin y Yang, viviendo en completo acuerdo con los ritmos de la naturaleza.
Observaban moderación en la comida y la bebida, regularidad en su vida cotidiana, y no se violentaban de forma imprudente.
Como resultado, tenían una larga vida.
Pero hoy la gente es distinta.
Su vida cotidiana es irregular, comen y beben indiscriminadamente sin saber que deben evitar, y no observan ninguna moderación.
Se entregan a la disipación, se regalan con alimentos ricamente sazonados, hacen caso omiso del feliz término medio y se muestran siempre insatisfechos con lo que poseen.
Como resultado, los hombres de hoy quedan arruinados antes de llegar a los 50 años.
Hu Szu-hui

Párrafo extraído de un tratado médico sobre las artes de cultivar la vida, escrito por el médico de la corte Hu Szu-hui para el emperador reinante en el año 1330.
Fuente:QI GONG

domingo, 14 de junio de 2020

Los árboles no hacen Taichi


Los árboles no hacen Taichi, son Taichi.
Sólo tienen que ser y permanecen en él naturalmente.
Si el viento los empuja, ceden;
si la lluvia cae, la absorben;
si el otoño llega, dan sus hojas;
si el hacha las corta, caen.

El agua no hace Taichi, es Taichi.
Ella no puede elegir ni rechazar.
Sólo tiene ser y permanecer en él naturalmente.
Si encuentra un abismo, se precipita;
si una roca la detiene, espera,
si el sol la quema, se evapora;
si el frío la muerde, se detiene.

Las nubes no hacen Taichi, son Taichi.
Ellas no pueden esforzarse por llegar a una meta:
Sólo tienen ser y permanecen en él naturalmente,
si el viento las dispersa, viajan;
si el sol las ilumina, brillan.
si un pájaro las toca, lo albergan.

Los hombres éramos Taichi, pero dejamos de serlo.
Por eso, de entre todos los seres, sólo nosotros
hacemos Taichi para volver a serlo.

El Taichi es un arte creado por los chinos,
pero no es de los chinos.
Es de las nubes, los árboles, el agua.
Es una de las posibilidades humanas de comprender
que el cuerpo es el árbol, que los pensamientos, nubes
y los sentimientos, agua.

Nos hemos apartado, hemos ido muy lejos,
pero podemos volver.
El hacer del no-hacer de Taichi es uno de los caminos.

Ariel Barchilón

sábado, 13 de junio de 2020

Piedras afiladas


El camino de la práctica no es llano, sino que está cubierto de piedras afiladas que nos hacen tropezar o que pueden atravesarnos los zapatos.
El sendero de la vida parece ser un cúmulo de dificultades, de cosas que nos dan problemas; sin embargo cuando más practicamos más comprendemos que esas piedras afiladas del camino son en realidad joyas de inmenso valor porque nos ayudan a preparar las condiciones adecuadas para nuestra vida.
Las piedras son diferentes para cada persona.
Alguien podría desesperadamente necesitar más tiempo a solas; otro tal vez ansíe pasar más tiempo con otras personas.
Las piedras afiladas podrían ser tus padres, tus hijos, cualquier persona.
No sentirte bien podría ser tu piedra afilada, o perder tu empleo, o haber conseguido uno nuevo y preocuparte por conservarlo.
Piedras afiladas existen en todos lados, lo que cambia a partir de los años de práctica es que llegas a saber algo que ignorabas: que no existen las piedras afiladas, sino que el camino está cubierto de diamantes.

Charlotte Joko Beck
‘La vida tal como es’