domingo, 26 de diciembre de 2021

Reflexiones de un viejo maestro

El anciano maestro observaba desde lo alto el último entrenamiento del año de sus alumnos, mientras rememoraba los inicios de aquellas prácticas.

Podía recordar cómo llegaron al dojo temerosos e inseguros de no saber qué esperar o si aquello era lo que tanto habían estado buscando.

Recordaba sus torpes pasos y rígidos movimientos al inicio y sus caras de frustración al no lograr dominar una técnica y también cómo muchos de ellos abandonaron en el camino su entrenamiento.

Y sin embargo, allí estaban los pocos que aún quedaban, aquellos que al pasar los años lograron comprender que en las artes marciales al igual que en la vida misma todo forma parte de un proceso constante de aprendizaje, de evolución e involución y que el verdadero Do (camino) jamás se termina de recorrer.

Y el anciano maestro sonrió para sí mismo, al ver al sempai (alumno más avanzado) dirigir al grupo de estudiantes y se mostró satisfecho de las correcciones que realizará pues eran exactamente las mismas que él hubiese indicado.

Lo que señalaba que había estado prestando atención durante toda su vida a las lecciones y movimientos que su maestro le transmitía.

Pero de improviso, una sombra oscura se poso sobre los ojos del viejo, su sonrisa se esfumó y su entrecejo se hizo más profundo, porque reconoció que no todos los alumnos habrían de comprender las enseñanzas del Bushido (Código del Guerrero) que él intentaba a diario transmitirles, sabiendo que simplemente muchos de ellos solamente incorporarían la técnica, sólo lo superficial, lo puramente físico del Arte sin lograr comprender su verdadera esencia ni contenido espiritual o filosófico.

Y su corazón se apretó un poco al pensar lo que pasaría cuando él ya no estuviese en este mundo.

Y no pudo evitar preguntarse si sus enseñanzas terminarían con su muerte o si realmente alguno de sus alumnos habría logrado captar un poco más allá de la mera técnica…

Se mantuvo cabizbajo reflexionando tristemente en este hecho, hasta que volvió a levantar su cabeza, un brillo nuevo alumbraba sus ojos.

Había comprendido que lo único que realmente podia hacer era intentar llevar su papel de maestro de la mejor manera posible y enseñarles, explicarles y hablarles sobre los principios de la humildad, la benevolencia, la rectitud, el coraje, la honradez, el honor y el sacrificio; pero que no dependía y que escapaba a sus manos, el hecho que sus alumnos los absorbieran realmente aquellas valiosas enseñanzas y pudiesen interiorizarlas en sus vidas.

Y se dijo así mismo que "que todo es parte de un proceso" y así como este año estaba a punto de terminar, también llega ya el nuevo año a punto de empezar.

Y qué las personas no aprenden lo que es ser padres hasta que tienen a sus propios hijos y que por lo tanto sus alumnos no comprenderían lo difícil que es transmitir y sus enseñanzas hasta que les tocara convertirse a su vez en maestros y guías de las nuevas generaciones de estudiantes, porque la vida es cíclica, y después de cada noche sale el sol y después de cada día viene la noche y las estaciones del año...

Pero fundamentalmente que estamos condenados a repetir nuestros errores sino aprendemos de nuestras experiencias y equivocaciones...

Después de haber reflexionado de aquel modo, el viejo maestro se incorporó lentamente de su asiento en lo alto de la ladera y miró directamente hacia dónde estaban entrenando sus estudiantes, estiró sus cansadas articulaciones y se dispuso a bajar para darles a aquellos jóvenes el último keiko (entrenamiento) del año, pero sobre todo explicarles que nada se termina en realidad, que todo se transforma, que todo es mutable y transitorio y que esperaba que algún día pudiesen compartir aquellas palabras de un anciano maestro a las próximas generaciones de pequeños kohai (alumnos principiantes) que quisieran iniciarse en el Budo.

Y una vez más como lo hizo al principio el viejo maestro sonrió para sí mismo...

Prof. Fernando Cartofiel

 

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