Cuando pensamos en cambiar
algo en nuestra vida o en el mundo que nos rodea, es común que nuestra mente
imagine grandes gestos, momentos decisivos, transformaciones que estallan de
manera visible, como si solo los movimientos rotundos pudieran dejar huella.
Desde pequeños nos han enseñado, de manera explícita o silenciosa, a admirar lo
grandioso, a buscar lo llamativo, a pensar que solo lo que se ve y se mide
tiene valor verdadero. Sin embargo, si volvemos a afinar nuestra percepción, si
practicamos la escucha del cuerpo y del corazón como hacemos en el Taijiquan,
descubrimos una verdad mucho más sutil y profunda: la vida real, la vida que se
transforma de manera duradera y auténtica, cambia por micromovimientos
invisibles, por pequeños ajustes que, como hilos minúsculos, sostienen y
reorganizan todo el tejido de nuestra existencia.
Estos micromovimientos no
son únicamente físicos. A menudo no se reflejan en un gesto que los demás
puedan ver. Ocurren en la intimidad de la conciencia, en la orientación de la
intención, en el instante fugaz en que, antes de responder a una palabra dura,
decidimos respirar y suavizar el corazón. Son movimientos interiores tan
sutiles que apenas dejan huella inmediata, pero que, en su acumulación
paciente, modelan en profundidad nuestra manera de ser.
El Zhong Yong, uno de los
grandes textos del pensamiento confuciano, dice:
“No hay nada más visible
que lo sutil, no hay nada más manifiesto que lo diminuto.” (莫見乎隱,莫顯乎微)
Este axioma nos recuerda
que, aunque lo pequeño parezca invisible en el instante, es lo que acaba
organizando la totalidad de nuestra vida. Nada de lo que se ve existiría sin
una trama invisible de movimientos interiores, de pequeños gestos silenciosos que
sostienen el equilibrio.
Así también en el
Taijiquan. Cuando ajustamos ligeramente la postura del pie, cuando sentimos un
pequeño hundimiento en la cintura, cuando liberamos una mínima tensión en los
hombros, estamos produciendo un cambio que reorganiza toda la estructura, aunque
no sea espectacular a los ojos externos. Cada micromovimiento en el cuerpo es
una manera de recuperar la coherencia perdida, de afinar el instrumento que
somos. Pero más importante aún: cada micromovimiento interior —cada pequeña
decisión de ser más cálidos, más pacientes, más atentos— es un acto de
alineación profunda con el flujo de la vida.
Laozi, en el Daodejing, lo
expresa con palabras esenciales:
“El camino del Cielo es
favorecer lo pequeño y disminuir lo que se exalta.” (天之道,損有餘而補不足)
La vida no premia la
acumulación ostentosa ni el gesto grandilocuente. La vida favorece lo que se
ajusta con naturalidad, lo que se mueve con humildad, lo que sabe ceder para
permanecer en armonía. Cuando vivimos atentos a estos pequeños movimientos invisibles,
comenzamos a reconocerlos en nosotros mismos:
· Cada vez que el corazón
se endurece y elegimos, aunque sea levemente, abrirlo.
· Cada vez que la prisa
nos domina y nos concedemos, apenas, un instante de respiración consciente.
· Cada vez que la
costumbre de juzgar se asoma, y elegimos, de manera casi imperceptible, mirar
al otro con un poco más de ternura.
· Cada vez que el
cansancio nos arrastra hacia la indiferencia, y hacemos un pequeño esfuerzo por
seguir presentes, por seguir vivos en la relación.
Estos movimientos son tan
pequeños que parece que no cambian nada. Pero lo cierto es que cambian todo. En
Taijiquan aprendemos que un gran desplazamiento visible solo es posible gracias
a decenas de pequeños ajustes interiores, casi imposibles de ver. Lo mismo
sucede en nuestra vida emocional, en nuestra vida relacional, en nuestro modo
de estar en el mundo.
Los grandes gestos no son
sostenibles si no están alimentados por un entramado de pequeños actos
coherentes. Una práctica heroica no sirve de mucho si luego, en lo cotidiano,
en lo imperceptible, no sabemos mantenernos fieles a esos pequeños movimientos de
rectificación, de apertura, de cuidado. Podemos entender entonces que los
micromovimientos invisibles son como el latido secreto del mundo. Así como la
savia sube por el tronco de un árbol sin que la veamos, así nuestros pequeños
ajustes de pensamiento, de afecto, de intención, sostienen el crecimiento
verdadero de nuestra vida.
Practicar Taijiquan es,
también, entrenarse en esta sabiduría.
Cada respiración atenta,
cada transferencia de peso sentida desde dentro, cada flexión suave de una
rodilla, cada ligera soltura de un hombro, son metáforas vivas de lo que ocurre
en nuestra alma: no buscamos movimientos espectaculares, sino que cultivamos la
continuidad de lo sutil, el ajuste amoroso de lo pequeño.
Por eso, en nuestra
práctica —y en nuestra vida—, no deberíamos preocuparnos por lograr grandes
conquistas. Más bien, deberíamos preguntarnos cada día:
¿Dónde puedo hoy hacer un
pequeño movimiento hacia más vida?
¿Dónde puedo hoy soltar un
poco de rigidez?
¿Dónde puedo hoy ofrecer
una respuesta más abierta, más humana, aunque sea imperceptible a los demás?
Cada uno de estos
movimientos invisibles es como una semilla.
Y como toda semilla,
necesita tiempo, necesita cuidado, necesita espacio. Cuando los
micromovimientos del alma se acumulan con coherencia, el paisaje entero de
nuestra vida comienza a cambiar.
Sin violencia. Sin
ruptura. Sin exhibición. Sino como cambian las estaciones, como cambian las
corrientes del viento, como maduran los frutos en el árbol. Así, paso a paso,
gesto a gesto, respiración a respiración, podemos acompañar el ajuste fino del
mundo.
Podemos ser parte de ese
latido invisible que sostiene la vida. Y entonces, quizás sin darnos cuenta,
estaremos viviendo no solo una práctica de Taijiquan más plena, sino una vida
más coherente, más humana, más verdadera.
Tomado
de la web